La verdad y el bien en la Comunicación: la gravedad de la responsabilidad social

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Daniel Fernando López-Jiménez, periodista y comunicador Social

 

La ciencia se ocupa de lo verdadero y de lo falso de las acciones y las cosas, mientras que la ética de lo bueno y de lo malo de las acciones humanas. Si estamos de acuerdo con que el objeto formal de la Comunicación es el “mensaje”, comprenderemos que la gravedad de comunicar debe basarse en el mensaje verdadero en correspondencia con la responsabilidad encomendada por la sociedad: la de buscar y comunicar la verdad como contribución a la búsqueda del bien común.

Ninguno de los campos de la Comunicación –periodismo, publicidad, comunicación de las organizaciones, entre otros–, están exentos de cumplir a cabalidad con la búsqueda de la verdad y con el bien común. Incluso la ficción y el entretenimiento deben contribuir con la formación del criterio libre y responsable, antes de ser promotores de la masificación y el modelamiento de las conciencias humanas.

La comunicación es la acción final que permite la construcción de lo social; permite el paso de la naturaleza individual a la naturaleza social de los seres humanos. La construcción de la sociedad solo es posible en la verdad y en el bien, no es posible en la mentira y en el engaño. No se construye una relación en la mentira por básica que parezca: ni el noviazgo, ni el matrimonio, ni la empresa, o la institución política; ninguna puede crecer en la mentira. Por el contrario, la mentira es el principio del deterioro de la confianza, que una vez perdida, no hay posibilidad de recuperarla.

Se trata entonces de reconocer que la única posibilidad de progreso social es a través de la comunicación de la verdad. No se construye a partir de estrategias de comunicación basadas en la desinformación, distracción, engaño, masificación, amasamiento, amoldamiento o masificación. En sí mismas cada una de ellas son perversas desde su concepción, porque su finalidad no es el bien social, sino por el contrario, el lucro personal.

Comunicar no es un puro decir algo a alguien, como lo señalara el escritor Ricardo Yepes, es el enriquecimiento mutuo que tienen las personas, cuando hacen suyo el mensaje, cuando comparten algo en común. Comunicar involucra la construcción de un mensaje verdadero basado en la realidad verdadera. De nada sirve un comunicado de prensa si su intención es desviar la atención de la opinión pública; o las investigaciones periodistas a medias que se matizan para quedar bien con los anunciantes; o las estrategias publicitarias si su intensión es el consumo de productos inapropiados o la propaganda política, de quienes premeditadamente quieren apropiarse de los recursos públicos.

La comunicación no puede ser la cenicienta de quienes buscan la manipulación individual de las personas y colectiva de las comunidades. Como resultado, los comunicadores no pueden ser los idiotas útiles de los sistemas y las estructuras de poder político, empresarial y financiero. En esta línea, las facultades y carreras de Comunicación, no deben considerar la responsabilidad social del comunicador y su integridad ética, como un curso complementario del plan de estudios -en el mejor de los casos-, sino un eje transversal que incluya la idoneidad de los maestros en su autoridad moral para formar a los profesionales. Se trata de vivir la coherencia educativa desde el ejemplo de los profesores, no desde la transmisión de conocimientos.

La construcción colectiva del conocimiento comunicativo debe darse entre profesores y estudiantes de manera compartida, equilibrada y justa, en el que la formación del criterio de los futuros profesionales sea el fin último de la educación. En el que el discernimiento y la crítica constante sobre la verdad y la ética de las acciones comunicativas deben ser lo habitual, no lo especial, y en el que la argumentación de los ideales por una sociedad mejor, no sucumba ante el pragmatismo y el utilitarismo de unos pocos.

 

*Artículo publicado en el Monográfico de Comunicación Responsable de Corresponsables

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