La cara buena y mala del lenguaje vago

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Luis Cortés, catedrático de la Universidad de Almería, habla sobre la carabuena y mala del lenguaje

Luis Cortés Rodríguez, catedrático de la Universidad de Almería e investigador en el CySOC

Hace algo más de un año, preguntaron a Vicente del Bosque, entonces responsable de la selección de fútbol de España, por el comportamiento del guardameta del combinado español, Iker Casillas; el seleccionador respondió que había sido muy bueno con sus compañeros, pero que, sin embargo, tal comportamiento con los técnicos del equipo había sido “cosí cosá” (“así asá”).

Es evidente que con dicha locución, ejemplo de lenguaje vago, el seleccionador no quería ser explícito, solo deseaba dejar entrever que la actitud del portero no había sido todo lo buena que se esperaba de él. Tal falta de explicitud, tal empleo de un término tan genérico, sin un significado claro, acarreó todos los comentarios imaginables e inimaginables a favor y en contra de uno y otro (portero y seleccionador).

El hecho nos permite plantear dos cuestiones: a) que contrariamente a lo que se pueda pensar, los fragmentos que incluyen lenguaje vago no carecen de información, y b) que tal lenguaje está en el habla de todos los días, en la publicidad, en la declaración de un procesado, etc. Pero es más, no siempre se le ha de atribuir un carácter negativo, descuidado, sino que cada día se habla con mayor interés de su cara ‘buena’, de su papel social, dada la posibilidad de que su empleo pueda ayudar a crear un ambiente distendido entre los interlocutores; su uso, en determinados ambientes, podría evitar al hablante parecer demasiado preciso, directo o autoritario.

Por ejemplo, tres estudiosos ingleses del discurso, Adolphs, Atkins y Harvey, analizaron en 2007 el Corpus de Comunicación de Salud de Nottingham (NHCC) y observaron que había un uso significativo de la vaguedad en los contextos de comunicación de la salud y que tal uso desempeñaba un papel importante y positivo especialmente en el asesoramiento a los enfermos.

Junto a esta cara, está la otra, la de servir como realizador de la manipulación. Solo un par de casos, que, por cuestión de espacio, ceñiremos al discurso político.

En 2010, corrían malos tiempos para la presidencia del Gobierno de España y, lo que es todavía peor, para los españoles en general. Eran momentos en que, más que en otras épocas, había que hablar sin ganas de decir. Un ejemplo lo tenemos en esta intervención de Rodríguez Zapatero en un debate del estado de la nación:

“Para el conjunto de 2011, el Gobierno prevé una contribución neutra de la demanda interna al crecimiento, lo que constituirá una mejora relativa tras la aportación negativa del menos 1,2 por ciento en 2010. Esta mejora se producirá fundamentalmente por la vía de una mayor renta disponible de los hogares debido a la gradual recuperación del empleo y a la moderación de la inflación, que habrán de impulsar, a su vez, una cierta recuperación del consumo”  [Zapatero 2010].

‘¿Qué se extrae de este mensaje de Zapatero?, ¿cómo hemos de entender sintagmas como ‘mejora relativa’, ‘una mayor renta¡ o ‘una cierta recuperación del consumo’? No parece que el presidente quiera aclarar mucho, porque ¿qué tipo de mejora es una mejora relativa? ¿cuánto mayor es la renta? ¿cómo hemos de entender una gradual recuperación o una cierta recuperación del consumo?

O en este otro ejemplo de Rajoy, también ese mismo año y en ese mismo debate:

“La situación sería muy grave si en el horizonte de los españoles no apareciera más opción que la que usted representa. Afortunadamente saben que cuentan con una alternativa, con otra manera de hacer las cosas, es decir, con una esperanza, que, porque ya lo hizo en su día, sabe lo que hay que hacer y que disfruta del crédito para convocar a toda la nación a la tarea, porque le mueve un propósito obsesivo e indeclinable de crear empleo” [Rajoy, 2010].

¿Cuál es la ‘alternativa’ con la que cuentan?, ¿qué es un ‘diagnóstico objetivo de la situación’?, ¿cuál es ‘la otra manera de hacer las cosas’?; sin duda, estamos ante una manera vaga e interesada de usar el lenguaje político.

Son dos ejemplos de decir sin ganas de decir, de hablar sin determinar unos límites designativos precisos. De intentar decir sin decir, que es una manera de manipular al interlocutor. Es la cara ‘mala’ del lenguaje vago.

*Artículo publicado en el Monográfico de Comunicación Responsable de Corresponsables

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